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La bomba de Mateo

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 19 febrero, 2013 at 13:05

El 31 de mayo de 1906 amaneció cálido y soleado en Madrid. Inmejorable preludio para una jornada muy especial. Aquel día contraían matrimonio en la iglesia de San Jerónimo el Real el jovencísimo rey de España, Alfonso XIII, y su prometida, la princesa británica Victoria Eugenia de Battenberg.

 

La bomba de Mateo

 

La ocasión era tanto más feliz cuanto esa boda constituía la consagración de la restauración borbónica, que había acaecido treinta años antes en la persona de Alfonso XII, desventurado padre del novio que murió en la flor de la edad sin siquiera llegar a conocer a su heredero.

Los novios se casaron y la comitiva nupcial partió hacia el Palacio Real para presidir el banquete entre vítores y aplausos de la multitud. Atravesó la Puerta de Sol y se metió en la calle mayor. Todo sin contratiempos y en un ambiente festivo y alegre. Entonces, a la altura del número 88, justo cuando la regia carroza pasaba por ahí, estalló una potente bomba. El regalado desfile se sumió en un caos de humo, lamentos y rechinar de los caballos. La guardia real comprobó que los reyes habían salido indemnes, así que indicaron al cochero que saliese de aquel infierno a toda prisa. No habían tenido tanta suerte algunos de los guardias y una docena larga de vecinos que aclamaban a sus majestades desde las aceras.

Se contabilizaron veintitrés muertos y un buen número de heridos. Los reyes llegaron pocos minutos después a Palacio fuertemente aturdidos. La reina, que se acababa de estrenar como tal, llevaba manchas de sangre en su vestido blanco. El banquete, sin embargo, no se suspendió por deseo expreso del rey, que quería dar una apariencia de normalidad ante un atentado que había conmocionado a todo Madrid.

La Guardia Civil se puso en el acto a buscar al culpable. Sospechaban que era anarquista. En aquellos días todos los terroristas lo eran. Y estaban en lo cierto. El problema es que el terrorista, Mateo Morral, un anarquista de Barcelona discípulo de Ferrer Guardia, ya se había marchado de Madrid. Aprovechó el desconcierto que sucedió al atentado para confundirse entre la muchedumbre y abandonar la ciudad. Hasta ese momento todo marchaba según lo previsto, o casi. Días antes se había desplazado hasta la capital para preparar el golpe. Un enlace le entregó la bomba, un artefacto esférico con espinas de fabricación casera traído desde Francia. Se trataba de la popular “bomba de Orsini”, similar a la que los anarquistas habían arrojado sobre la platea del Liceo de Barcelona años atrás.

Mateo, sabiendo de antemano el recorrido nupcial, se alojó en una pensión de la calle Mayor y allí escamoteó la bomba dentro de un ramo de flores. El plan era lanzarlo sobre la carroza cuando pasase delante del balcón de su alcoba. Allí sufrió el primer revés. El anarquista no había contado con el tendido del tranvía que corría paralelo a la calzada. El ramo explosivo tropezó con los cables y se dirigió hacia una de las aceras ocasionando de este modo la masacre y que los reyes saliesen incólumes.

El segundo contratiempo lo encontraría tres días después. Desconocía hasta que punto la Guardia Civil le seguía los pasos y se detuvo en una venta de Torrejón de Ardoz a comer. Allí le reconocieron varias personas, que no dudaron en denunciarle ante el guardia jurado de una finca. El guardia hizo las averiguaciones pertinentes y le conminó a seguirle hasta el cuartelillo. Decisión fatal. En el camino Morral tomó la escopeta del guardia y le disparó para luego suicidarse. Allí acabó su triste historia, que poco después fue archivada en la memoria colectiva.

Treinta años después, en plena Guerra Civil, los ediles del ayuntamiento decidieron sustituir el nombre de la calle Mayor por el de calle de Mateo Morral. Un despropósito muy propio de aquellos tiempos de sinrazón. Tras la guerra, Mateo el de bomba pasó a habitar los libros de Historia. Hoy casi nadie sabía quién era hasta que, hace una semana, un grupo de anarquistas posmodernos reivindicó su nombre colocando un pequeño explosivo en la catedral, a solo unos metros de donde estalló la bomba de Mateo. Tal vez porque hemos olvidado, cuando no adulterado, nuestra propia Historia ésta se está repitiendo, pero no como tragedia, sino como farsa.

 

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