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Impapables (II) y San Malaquías

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 11 marzo, 2013 at 12:24

Efe

El juego de la quiniela papal está degenerando, cuando no pervirtiéndose. De hecho, los vaticanistas no se conforman con pronosticar el candidato a un puesto pontificio. También  se atreven  a pronosticar  sobre los escaños que ya han recaudado las eminencias y sobre la identidad el secretario de Estado, más o  menos como si estuviéramos en una estrafalaria apuesta hípica.

Me refiero a la gemela, es decir, la fórmula al uso en los hipódromos que premia al apostante si acierta con los dos primeros caballos, independientemente del orden de llegada. Pongamos por caso la pareja Scherer-Piacenza, en alusión al binomio que conforman el cardenal brasileño y el purpurado italiano.

Lo  puso en circulación la Stampa y lo proyectó a la biosfera John L. Allen jr., vaticanista de la CNN que descartó  a Joseph Ratzinger del último cónclave -su “profético”  libro lo demuestra- y que pretende redimirse siete años después proponiendo toda clase de papables y de fórmulas.

 

Menciona por ejemplo a título cautelar la candidatura de nuestro representante Cañizares -40 a 1 en las casas de apuestas- y reivindica la gemela Scherer-Piacenza como quien alude en clave electoral americana a un presidente y un vicepresidente. Que es la manera con que Allen hace pedagogía a sus espectadores: Cañizares sería el pequeño Ratzinger -literal- tanto como el propio periodista americano aclara que Zapatero fue el  Obama español. Vale.

Se percibe mucha desorientación y vuelve a demostrarse la contradicción que existe entre el gigantesco despliegue mediático -5.300 periodistas- y la escasez de información verosímil, bien por el hermetismo histórico de la Santa Sede o bien por la imaginación o la fantasía de los vaticanistas.

Los hay que se aventuran a zanjar el cónclave con el duelo Scherer-Scola, pero muchos otros se manejan incluso con desmesurada prudencia. La principal agencia de noticias italiana, Ansa, sostenía literalmente que hay 20 papables en “pole position”. Comprendo que es muy sugestiva la extrapolación  de un cónclave al asfalto de una carrera automovilística, pero no conozco un circuito en el mundo en cuya pole puedan alojarse 20 coches.

Discrepamos de esta metodología especulativa. Preferimos el criterio sistemático, deductivo, del descarte y del riesgo, aunque en realidad no creemos arriesgarnos mucho si eliminamos de la competición pontificia al cardenal vietnamita Phan Min Mann, al purpurado tailandés Michael Kitbunchu, al único representante de Oceanía, monseñor Pell, incluso a su eminencia Bechara Boutros Rai, muy fácil de reconocer en el patio del colegio cardenalicio por su indumentaria discrepante y por las distinciones formales de su rango: patriarca maronita de Antioquía y de todo el Oriente, o sea, párroco de Beiurt, en traducción vulgata.

Consumada la criba por exotismo, no menos elocuente se antoja la criba por el cargo asignado en el cónclave  -el protodiácono y monseñor Tauran no podrá anunciarse a sí mismo en el balcón que ha sido elegido Papa- y la criba por edad. Ningún cardenal elector puede tener 80 años, así es que las eminencias que más se acercan a esa cifra se exponen a la discriminación de sus homólogos. Incluidas, y aquí nos la jugamos, dos papables que aparecen en las quinielas: el argentino Bergoglio, 77 años  y el todopoderoso cardenal Bertone, cuyo porvenir, en rigor, depende de la profecía de Malaquías.

Sostenía el santo -más bien lo sostienen sus intérpretes y sus manipuladores y la caterva de conspiranoicos- que nos encontramos en la proclamación del último Papa. Y que el elegido sería conocido como Pietro Romano, enlazando el crepúsculo de la Iglesia con la aurora del primer pontífice de la Historia. Es aquí donde el malogrado Bertone podría encontrar su oportunidad y su resquicio, aunque a todos nos cueste el apocalipsis.

La primera razón estriba en que el segundo nombre de Tarcisio Bertone es… Pietro.  La segunda consiste en que nació en la localidad piamontesa de… Romano. Me parecen argumentos bastante frágiles. Y no porque me asuste el fin del mundo. Que yo sepa, vivimos de regalo desde que tenía que haberse acabado en el año 2000.

 

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