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Francisco I, un progresista con mucho respaldo y poco tiempo

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 14 marzo, 2013 at 11:02

APOYADO POR LOS JESUITAS Y MILLONES DE CATÓLICOS IBEROAMERICANOS, SU EDAD ES EL OBSTÁCULO.

 

Francisco I, un progresista con mucho respaldo y poco tiempo

 

“Los derechos humanos se violan no sólo por el terrorismo, la represión y los asesinatos, sino también por estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades”. Lo anterior no es una afirmación de un economista marxista, sino del nuevo Papa de Roma, Francisco I, que en 2009 criticó duramente al Gobierno populista de Cristina Fernández de Kirchner.

La elección de Jorge Mario Bergoglio (Buenos Aires, 1936) como Sumo Pontífice encierra en sí misma la encrucijada que vive hoy la Iglesia católica tras la renuncia de Ratzinger. Como primer Papa jesuita y primer iberoamericano, promete romper con la tradición; pero con sus casi 77 años, los mismos que tenía Ratzinger cuando fue elegido como Benedicto XVI, garantiza los mismos problemas que los vaticanistas achacan a un hombre muy mayor, que no quiso el peso de la Tiara hace cinco años y que, además, arrastra problemas de salud.

Como primer Pontífice de la orden de los jesuitas, la elección histórica de Bergoglio supone el fin de la preponderancia de otros movimientos opuestos dentro de la Iglesia, fundamentalmente el Opus Dei y los Legionarios de Cristo. Los jesuitas, considerados históricamente como la ‘izquierda’ de la Iglesia, forman un verdadero ejército dentro del catolicismo y su provincial es visto como el auténtico ‘Papa Negro’. Como primado de Argentina, exigió a Kirchner una “respuesta ética, cultural y solidaria para saldar la deuda social con millones de argentinos, en su mayoría niños y jóvenes”, y no dudó en asegurar que era “imperativo” luchar para cambiar las causas estructurales y las actitudes personales o corporativas que generan esta situación.

El nombre, un claro guiño

La elección del nombre con el que ‘reinará’ en El Vaticano es otro claro gesto jesuítico. Francisco, en nombre de la pobreza como el de Asís, y de la evangelización de Francisco Javier. Pero, además, Francisco de Asís, el acaudalado italiano que renunció a la riqueza y fundó la orden franciscana en 1290, se identifica con la paz, la pobreza y un estilo de vida sencillo, y fue “llamado por Dios para reparar una Iglesia en ruinas”.

 

Pero si su condición de jesuita y de iberoamericano, como primer Papa de la historia que procede del nuevo continente, promete un perfil innovador, la edad a la que ha sido elegido parece demostrar que el Colegio Cardenalicio ha optado por otro papado de corta duración. Tradicionalmente, a un pontificado largo sucedía uno corto. A Woytila, un Papa joven y carismático, le sucedió Ratzinger, por cuya edad iba a protagonizar un pontificado corto, que aún lo ha sido más por su decisión de renunciar. Bergoglio, de 76 años y camino de los 77, tiene apenas unos meses menos que Benedicto XVI cuando fue elegido. Además, una enfermedad de joven le dejó con complicaciones respiratorias y un solo pulmón. El papado de Francisco I no será, por tanto, largo, y menos aún con el precedente y el ejemplo de Ratzinger.

Jesuita, progresista, iberoamericano… pero con poco tiempo por delante. Algunos expertos consideran que es el cóctel perfecto para una época de grandes cambios y con rapidez. Benedicto XVI, su rival en 2005 -Bergoglio fue el único que le hizo sombra y renunció en la tercera votación para desbloquear la elección del alemán- le allanó el camino: renovó en los últimos dos años a todos los obispos díscolos que estaban salpicados por casos de corrupción o escándalos sexuales y limpió en lo que pudo bajo las alfombras de la Iglesia.

Francisco I, el Papa elegido en la quinta votación cuando nadie contaba con él, el joven que estudió Químicas en Alcalá de Henares cuando aún no se había ordenado sacerdote, tiene por delante la ingente tarea de apuntalar los cambios que, desde la ortodoxia y el conservadurismo, inició Benedicto XVI. Tendrá tras de sí el apoyo de los poderosos jesuitas y el de los millones de iberoamericanos -el 40% de los católicos que hay en todo el mundo– y por delante poco tiempo y el rechazo de movimientos que hoy son mucho menos poderosos en la Iglesia de Roma.

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