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Ahora le ha tocado a Boston

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 17 abril, 2013 at 11:40

El atentado ha tenido lugar en un momento con tantos frentes abiertos que resulta tan arriesgado conjeturar sobre la autoría como sobre las consecuencias.

 

 

Es un día de fiesta y celebración en el que las familias, los universitarios del MIT, de la Boston University  o de Harvard y los yuppies del Prudential viven una suerte de liturgia popular en torno a este acontecimiento deportivo, que se sigue con tanta expectación como los partidos de los Redsocks o los Celtics. Este lunes la ilusión saltó por los aires cuando dos bombas explosionaron en la línea de llegada.

Un modo de actuación distinto

Todavía hay más sombras que luces en todo lo relativo al atentado. Lo único claro es que, de momento, tres personas han muerto, entre ellas un niño de 8 años, y los heridos se cuentan por decenas. En su alocución televisiva, el presidente Obama evitó utilizar la palabra “terrorista” para calificar el acontecimiento, y los principales medios de comunicación están tratando la noticia con especial moderación para evitar conclusiones precipitadas. Este atentado supone un modo de actuación distinto a los que conocíamos hasta ahora. Representa un salto cualitativo respecto a las tragedias que, de tanto en cuanto y de forma más o menos regular, nos llegan de Estados Unidos.

No se trata de un acto irracional como un ataque con fusiles de asalto a un colegio, supermercado, estación… que generalmente concluye con la inmolación del perturbado de turno; tampoco parece probable que nos encontremos ante otro Unabomber (Theodore Kaczynski), que seleccionaba sus objetivos. Si acaso se parece más al atentado de Atlanta en los Juegos Olímpicos de 1996, en el que murieron dos personas, perpetrado por el iluminado Eric R. Rudolph para oponerse a los homosexuales y abortistas.

Lo cierto es que este atentado ha tenido lugar en un momento especialmente delicado y con tantos frentes abiertos que resulta tan arriesgado conjeturar sobre la autoría como sobre las consecuencias. Eso sí, no me cabe duda de que, en aras de la seguridad, volverán a sacrificarse buena parte de las cada vez más menguadas libertades personales. Medidas, sean cuales fueren, que más pronto que tarde importaremos los europeos.

Uno de los temas capitales tendrá que ver con la nacionalidad del autor o autores. Es decir, si el enemigo se ha engendrado en casa o si, por el contrario, “no es uno de los nuestros”. La tragedia social que supuso el atentado de Oklahoma perpetrado por Timothy McVeigh en 1995 -fue un 19 de abril, ¿tendrá algo que ver la proximidad de la fecha?- tuvo que ver tanto con el número de fallecidos, 168, como con el hecho de que fuera un norteamericano quien lo cometió. La sociedad estadounidense puede entender, asumir si se prefiere, que desde fuera quieran terminar con su democrático modelo social, pero continúa resultándole incomprensible que un conciudadano esté dispuesto a poner fin a ese mismo sistema utilizando la violencia para ello. Además, siempre resulta más duro no tener terceras personas a quienes responsabilizar de nuestras desgracias.

Si la autoría es de un solo individuo, probablemente se trate de un norteamericano y, en caso de no ser detenido rápidamente, algo improbable a tenor de los anteriores casos mencionados (el rápido arresto de McVeigh fue fruto de la casualidad), puede volver a actuar en cualquier momento. Si, por el contrario, se trata de una célula terrorista, las detenciones serán más rápidas y Robert Mueller, director de FBI, tendrá que dar alguna que otra explicación. De momento, en su página oficial el FBI pide a los ciudadanos que envíen a una dirección de correo determinada los vídeos que puedan tener del atentado.

En lo que sí tendrá un impacto importante será en la legislación sobre la posesión y utilización privada de armamento que está a punto de aprobarse. Grupos como la NRA (Asociación Nacional del Rifle) no dejarán pasar la oportunidad de reivindicar el principio de la autodefensa personal. Una posible lectura de la tragedia de Boston tendría que ver con la imposibilidad del Estado para salvaguardar sus vidas. El problema es que, a veces, olvidamos lo fácil que resulta matar.

 

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