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“Goliat, contra las cuerdas. No le dejemos respirar”

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 25 mayo, 2013 at 10:28

 

La reivindicación de un proyecto político bien articulado formulada por José María Aznar ha venido urgido por dos circunstancias de muy hondo calado: por una parte, las profundas fisuras del sistema que amenazan su estabilidad (crisis de los partidos, de la Jefatura del Estado, del modelo territorial), y por otra, la quiebra de la vertebración social (empobrecimiento de las clases medias, vulnerabilidad y exclusión creciente de las más modestas en un contexto de recesión económica y devaluación general de las rentas laborales y de capital).

Hasta el momento, el Estado se apoyaba en una amplia base social que la crisis ha ido restringiendo cuantitativa y cualitativamente, perdiendo así solidez y credibilidad.La izquierda -concretamente el PSOE- ha entrado en una dinámica de dilución y ruptura interna y la derecha -el PP- está enajenando su crédito por la deslealtad hacia sus propias pautas ideológicas y programáticas y por las secuencias interminables de una financiación de la organización con apariencia de grave irregularidad y, en muchos casos, de trazas delictivas. En ambos partidos no parece haber capacidad de reacción.

En este contexto, las convenciones se han rebasado y el protagonismo lo acaparan los movimientos y plataformas sociales que, posicionándose a la izquierda de la izquierda, expanden un mensaje antipolítico y antisistema. Su relato está contenido con una claridad meridiana en el libro de Ada Colau y Adriá Alemany titulado ¡Sí se puede!  Crónica de una pequeña gran victoria, editado por Destino y distribuido el pasado mes de abril. Los autores, aunque impulsores de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), socializan los objetivos de este movimiento y lo hermanan con otros como el 15-M formulando una enmienda a la totalidad del sistema.

Dedican el libro “a todas las personas que sueñan con una democracia real” y lo dirigen “contra el juego sucio y las cloacas del sistema”. Para ambos -y por extensión para cientos de miles sino millones de ciudadanos- el Estado es un monstruo al que están venciendo. En palabras suyas: “Hemos cambiado la lógica y el miedo está de su lado. Tenemos a Goliat contra las cuerdas, con síntomas de fatiga. No le dejemos respirar”.

Sería difícil encontrar una metáfora más acertada que la elaborada por Colau y Alemany al equiparar al sistema a un Goliat que está casi noqueado y al que podría asfixiarse en una subsiguiente arremetida. Todo un código de lenguaje hostil se pone al servicio de un planteamiento revolucionario: la banca es “criminal” y sus políticas son también “criminales”, la sociedad española está sometida al “trilerismo estadístico” y las plataformas como la PAH se comportan “como la última red antes de caer en el vacío”, rechazan el “asistencialismo” porque no es cosa distinta que una mera “gestión de la miseria”, preconizan la “desobediencia civil” porque “los derechos humanos no se negocian”, consideran el Estado como ya “fallido” y como “el brazo ejecutor de la masacre” de tal modo que “en última instancia son los cuerpos policiales los que tumban las puertas de nuestros hogares y entran armados para echar a las familias de sus casas”, sin que ni los medios de comunicación sean mínimamente fiables porque están sometidos “a la omertá”.

Las clases medias -que balanceaban el equilibrio del país entre los dos grandes partidos- eran las empalizadas ante movimientos como los que representan Colau y otros. Pero al implementar decisiones que las destruyen -tanto cívicas como económicas y fiscales- y privarles de expectativas políticas constructivas y esperanzadoras, ya no son sólo los “desfavorecidos de la tierra” los que comulgan con esas tesis rupturistas porque ahora también lo hacen sectores diferentes signados por la frustración y el hastío. Ocurre lo mismo con la cohesión territorial: el reconocimiento de que cuando termine la crisis remitirá el independentismo -en referencia a Cataluña- implica la asunción de la tesis que mantiene que el manejo incompetente y/o meramente tecnocrático de la recesión conduce a la dispersión de esfuerzos y a la insolidaridad. Y, por fin, a formas más o menos larvadas de estallido social.

En esta perspectiva hay que enfocar -al menos en parte- una reacción como la del expresidente Aznar, alarmado -sea él corresponsable en mayor o menor medida que otros en lo que ocurre- ante una perspectiva que González, su predecesor, calificó recientemente como próxima a la “anarquía disolvente”. Y en esa perspectiva debe también observarse el acto de hoy de una plataforma plural (socialismo & ciudadaníaque con formulaciones contundentes propugna la renovación del PSOE, pero poniendo en cuestión los convencionalismos que este partido mantiene y que ofrecen margen y espacio para el crecimiento de los discursos antisistema robusteciendo a la izquierda de la izquierda.

La cuestión que se plantea es muy terminante: la mayoría absoluta del PP hasta 2015, la capacidad de liderazgo del Gobierno de Rajoy, la energía regeneradora de su organización, el espíritu de autocrítica y renovación en el PSOE y el abandono de los miedos, temores, indefiniciones y egoísmos de la clase dirigente -empezando por el titular de la Corona-, son las únicas palancas que podrían evitar que el Estado ahora deje de respirar y colapse. La alternativa a la regeneración del sistema, la formulan así Colau y Alemany: “No podemos saber si ganaremos o no esta batalla. Pero si algo tenemos claro es que hemos llegado muy lejos, demasiado lejos, como para bajar los brazos. Así que a empujar con fuerza, más que nunca, llenemos las calles de primavera verde, porque Goliat está contra las cuerdas.”

A buen entendedor, pocas palabras bastan. ¿O no, señor Rajoy?

 

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