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75 años de Pearl Harbor: los campos de concentración de la infamia

In Política, Crisis, Ciudadanía, Críticas, Comentarios on 7 diciembre, 2016 at 12:44

EEUU encerró a 120.000 descendientes de nipones inocentes tras el ataque a Pearl Harbor en 1941

 

Una lancha rescata a los supervivientes del USS Virginia, anclado en la base de Pearl Harbor y bombardeado por los japoneses. Reuters.

 

La orden “Tora, tora, tora” (Tigre, tigre, tigre) crepitó en la radio de los torpederos japoneses con las primeras luces del 7 de diciembre de 1941. Era la señal para desatar el infierno sobre Pearl Harbor, la base militar estadounidense en las paradisiacas islas Hawai, un golpe por sorpresa, sin declaración de guerra, que pretendía acabar con toda la flota yanqui en un día. Hoy se cumplen 75 años de aquello.

Aquella abrupta entrada en la Segunda Guerra Mundial (que Roosevelt, ya muy enfermo, pretendía evitar), dejó infamias como las bombas atómicas sobre Japón en 1945 o las matanzas de prisioneros por parte de las tropas del general Tojo. Pero hay aspectos menos conocidos de aquel enfrentamiento que configuró el mundo de hoy: los campos de concentración que EEUU usó para meter a todos los ciudadanos estadounidenses de ascendencia nipona.

Ciudadanos como Bill Shishima, que tenía 11 años cuando el Gobierno decidió sacarle de su Los Ángeles natal para enviarle, junto con su familia, al campo de concentración de Heart Mountain, Wyoming. Sus padres eran japoneses y su único delito (heredado) era el de parecerse al enemigo.

El ataque a Pearl Harbor convenció a Roosevelt para entrar de lleno en la Segunda Guerra Mundial, pero también fue la excusa perfecta para encarcelar a más de 120.000 personas con ascendencia japonesa sin un juicio previo.

 

Roy Sakamoto y Bill Shishima /foto de Irene Pérez

La Orden Ejecutiva 9066, firmada por Roosevelt el 19 de febrero de 1942, autorizaba al secretario de Guerra y a los comandantes a delimitar zonas de exclusión y de restricción con el fin de proteger los recursos militares. El decreto no mencionaba a los japoneses-americanos, pero brindó el marco legal necesario al general John L. DeWitt, un segregacionista sureño responsable del Comando de Defensa del Oeste.

La movilización, que el Gobierno en todo momento presentó como “voluntaria”, sólo lo fue las seis primeras semanas. Después, todo el mundo fue obligado a ir a los campos. “A las familias les llegaba una citación, sólo podían llevar una maleta y les daban un número que debían poner en su equipaje“, indica Roy Sakamoto, docente voluntario del Museo Nacional de Japoneses Americanos. Sus padres y hermanos fueron enviados al campo de Tule Lake, California, donde se enviaba a quienes consideraban conflictivos.

Para justificar el encarcelamiento masivo de esta parte de la población, DeWitt y su equipo elaboraron un informe en el que presentaban supuestas pruebas de delitos de sabotaje y espionaje en la costa Oeste. “En los años 80, una investigadora descubrió en los Archivos Nacionales un borrador del informe que debía haber sido destruido, en el que había anotaciones en los márgenes en los que se señalaba que tales acusaciones carecían de fundamento, pero aun así lo enviaron porque tenían que justificar lo que iba a pasar”, apunta.

Lo que pasó, en cifras, es que 120.313 japoneses americanos fueron encarcelados sin juicio previo; cuatro de ellos murieron a manos de soldados del ejército estadounidense; 1.862 murieron en el campo por otras causas; 2.355 abandonaron el campo tras alistarse en el ejército para ir a combatir al Pacífico o a Europa; y 4.724 fueron deportados a Japón.

En total, EEUU levantó 10 grandes campos de concentración. Además, ya a finales de los años 30, el FBI había elaborado unas listas en las que tenía fichados a todos los líderes de la comunidad, desde empresarios hasta entrenadores de judo o béisbol. Estos “líderes” fueron retenidos en 40 cárceles y tratados como prisioneros de guerra.

“La lógica de los campos, como también pasa con el ataque con bombas nucleares a Hiroshima y Nagasaki, no se entiende sin el trasfondo racista que tenía EEUU”, señala John Howard, catedrático de Historia Americana del King’s College de Londres y autor del libro Concentration Camps on the Home Front (Campos de concentración para el frente doméstico).

Aunque la mayoría de muertes fueron por causa natural, como neumonía, las condiciones en los campos, situados en terrenos por lo general áridos y fríos, no eran las mejores para las personas con problemas respiratorios. “Roosevelt nos llamó enemigos extranjeros, aunque fuéramos americanos”, recuerda Shishima, profesor jubilado y también voluntario del museo. Shishima tenía 11 años cuando fue enviado con su familia primero al hipódromo de Santa Anita (California), que sirvió como campo de concentración temporal, y posteriormente a Wyoming. “Vivíamos en las barracas situadas en el parking, pero a mis abuelos les tocó dormir en las cuadras y odiaba ir a visitarlos; no había forma de deshacerse del olor”, recuerda, detallando a su vez cómo había focos y armas en el campo. “Decían que querían protegernos, pero apuntaban hacia dentro“.

Para los adultos, a pesar de las humillaciones, el campo les garantizaba una supervivencia y el mundo exterior, no. “Cuando cerraron los campos, a los adultos les dieron 25 dólares y un billete de autobús para empezar de nuevo en un entorno que sabían que iba a ser hostil”, recuerda Sakamoto.

 

 

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